En el mar oscuro de las tarjetas ‘black’

Ignorantes. Definitivamente, el mundo, al menos el que conocemos, es de los que no saben nada, de los que nunca se dan por aludidos pese a su olfato para los negocios propios y sus másters y experiencia al frente de renombrados organismos y entidades financieras nacionales e internacionales. Otro trozo del pastel de este mundo corresponde también a aquellos que no se dan por aludidos, aun intuyendo que saben. A esos se les llena la boca pidiendo moderación salarial y persiguiendo a pequeños autónomos sin IVA. Y esa misma boca se les vuelve chica y se arruga cuando sacan su cartera de piel, impoluta, ese apéndice, con todas las ranuras repletas de tarjetas gold, black, platinum, tarjetas opacas que no dejan pasar la luz. Muy oscuro todo, sobre todo en las aguas profundas, también oscuras, donde este iceberg del timo del que apenas hemos visto la punta asomada alcanza toda su magnificencia, albergando una vida abisal de parásitos, monstruos marinos y depredadores al acecho entre las grietas.

Dinero de plástico, tan duro como sus caras, tan contaminante como ellos: políticos, banqueros, asesores de medio pelo borrachos en la fiesta del dinero a espuertas. Una fiesta que pagamos todos. Ahora que se ha hecho de día, toca devolver lo robado, con su multa y sus intereses de demora correspondientes. No es saña, es lo que estaría obligado a hacer cualquier paria de la sociedad y, tras todo eso, a la cárcel hasta que se reinserten en la sociedad a la que ahora tanto desprecian. Feliz martes.

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Estoy enferma

Ando enferma estos días. Los síntomas son los propios de la rabia, que debe ser probablemente la enfermedad que arrastro. No tengo protocolo, nada está escrito. Solo me queda esperar que pase, que podría ser nunca, o hacer algo. Escribo ahora como paliativo, ya que queda más de un año para que pueda llegar el antídoto. Los síntomas, por si hay un médico en la sala que me pueda echar un protocolo, son irritación, aturdimiento, estupefacción, ira, impotencia: un cuadro clínico propio de una república bananera.

Cuando el protocolo, ese modelo escrito que se busca en archivos olvidados cuando no se sabe qué hacer en el plano de la acción, se sigue a rajatabla y, al tiempo, una enfermera que había estado en contacto con dos enfermos de ébola empieza a tener los primeros síntomas (fiebre) y se la envía de vacaciones a su casa, es que algo rechina. Sanidad achaca el desaguisado a un fallo humano: la culpa, de nuevo, del maquinista. La incompetencia, la inutilidad, la improvisación y el sálvese quien pueda de ministros sin la mínima dignidad para dimitir de un cargo para el que no están preparados, como es el caso de Ana Mato, no entran en ese protocolo, impoluto de tan poco uso.

Excalibur no debe morir

Excalibur no debe morir por la ignorancia de Sanidad

Mientras languidece en un hospital no preparado para tal reto la enfermera experimentada que acudió al hospital a las primeras de cambio con los primeros síntomas de la enfermedad y recibió por respuesta Paracetamol y unas vacaciones, las redes arden contra la ministra de color naranja (#AnaMatodimisión) y contra la intención de sacrificar a su perro Excalibur. De matar al animal, Sanidad debería asesinar también a su marido y a todas las personas que hayan podido estar en contacto. Excalibur no debe morir si no está contagiado. Pero Mato y su cuadro de asesores sí deben ser sacrificados, al menos políticamente.

Pero los sacrificios van por barrios. Que el ébola no nos impida ver el bosque: el juez Elpidio José Silva ha sido desterrado de la judicatura: 17 años, seis meses y un día de inhabilitación por meter en la cárcel a los corruptos Miguel Blesa (Caja Madrid, etcétera, etcétera) y a Gerardo Díaz Ferran (ex presidente de la CEOE y de Viajes Marsans). El antídoto es el recurso ante el Tribunal Supremo.

(Nota: Mientras escribía, he enseñado la palabra ébola al corrector ortográfico de WordPress. No la conocía hasta ahora y, como buen político, paliaba su desconocimiento sustituyéndola por otras que daban al texto un aire poco menos que absurdo. Ya ha aprendido qué debe hacer antes y mejor que muchos políticos.)

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Quiero votar

Que el Tribunal Constitucional suspenda por unanimidad la consulta catalana era una noticia anunciada hace días, desde antes incluso de que el Parlament de Catalunya aprobara la Ley de Consultas. Los miembros del TC, a imagen y semejanza del Gobierno que les nombra, saben muy bien quién les paga y a quién deben el cada vez más dudoso honor de formarlo. Solo faltaba que los titulares confirmaran el pronóstico. Cuando votar se convierte en una heroicidad propia de bandoleros que asaltan las instituciones y la casta que transita por caminos polvorientos con bolsas de oro, cuando votar es tildado de desobediencia civil, es que algo anda mal. Oscilo estos días como un péndulo entre extremos sin posarme demasiado tiempo, entre las ansias de independencia de una casta-caspa prepotente, incompetente y proclive a la corruptela y a la picaresca de altos vuelos y la convicción de que los ismos, las banderas, la división solo tienen recorrido desde la intolerancia y el individualismo. Y eso no es Finlandia ¿verdad?: era el modelo a seguir, la sociedad ejemplar con su ejemplar y tan europeo comportamiento ante la crisis y los recortes. Su modelo es universal, pero hace falta valentía para ponerse manos a la obra. Lo fácil es recortar y olvidarse de los desdentados. Y es que yo odio las banderas, los emblemas, los pendones en general: me siento terrícola, ciudadana del mundo, pongamos que hablo de un mundo bastante parecido a Europa por afinidad y cercanía y tan despreciables encuentro a los manipuladores de allí como a la de aquí. El idioma no es eximente.

Me molesta la manipulación burda de Madrid y su Corte: el “aquí mando yo y por eso elevo una valla con concertinas” para que nadie entre ni se salga de la Constitución, ese tótem, con esa ignorancia vital propia de quien solo viaja en coches oficiales y aviones de Estado dando zancadas hasta la alfombra de bienvenida como si temiesen que el asfalto les queme las suelas de unos zapatos caros.

Me molesta aún más si cabe la manipulación de los políticos que, sin convicción, arrastrados por el qué dirán las urnas, lanzan un órdago para, al fin y al cabo, poder continuar con su plan de recortes salvajes contra los más vulnerables. Sin plan del día después, a sabiendas de que una Catalunya independiente saldrá automáticamente de la UE y, por supuesto, del euro, con una credibilidad financiera a centímetros del bono basura. Solo los usureros se aventurarían a prestar dinero a un nuevo Estado, eso sí, a un interés insultante que tardaremos décadas en devolver. Pero eso lo callan, no sea que resulte que los ciudadanos se acuerden del sentido común, de pensar, que valoren pros y contras más allá del “Madrid nos roba”. No sea que se distraigan en algo más que no sea llegar a fin de mes y que caigan en la cuenta de que, más cercano y más doloroso, resulta que el que nos robaba era Pujol.

Dicho todo esto, quiero votar. Quiero, necesito, que se escuche mi voz más allá de los vidrios tintados de los coches oficiales, de las ventanas cerradas de ministerios, órganos, organismos e instituciones engordadas por los gobiernos de turno, que esa clase política de gente adinerada sienta el aliento en el cogote. Quiero votar porque me lo merezco, nos lo merecemos todos. Y porque en democracia, si no hay necrosis, lo normal es votar, sin aspavientos, recursos de anticonstitucionalidad ni acusaciones de rebeldía o amenazas de cárcel. Con cabeza, manos, piernas, ojos, pero de todo corazón.

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Y que la riada lo arrase todo

Hace hoy una semana en que lo normal se ha convertido en una circunstancia anecdótica, algo fuera de lo común. No sé si la reconocería si volviera a verla. Vivir en el sobresalto continuo te hace sentir viva, pero requiere unas buenas dosis de paciencia y fortaleza de carácter para los que no me he sentido preparada. Pero, ¿qué es lo normal?

En esta sociedad opulenta pese a todo y a todos (esto es el llamado primer mundo y Latinoamérica aún se ríe a carcajadas de nuestra crisis), lo normal es que las cosas funcionen sin que reparemos en ellas: que los grifos no goteen mojando al vecino de abajo, las paredes filtrando toda la humedad y separando la pintura de las paredes, que las cisternas no se quiebren, que los plazos de entrega se cumplan (esa logística…), votar en democracia… Eso vendría a ser lo normal.

El Roto microfonoCuando nada de esto sucede y las anomalías se suceden y solapan unas con otras, crece el desencanto, la desesperanza, la podredumbre, la rabia al fin. Lo normal también debería ser volver al trabajo tras las vacaciones, tener una depresión post-vacacional gloriosa hasta casi Navidad. Hoy, ir al trabajo tampoco va a ser fácil: llega un electrodoméstico básico con una semana de retraso y mi vida se parece estos días más a la de una amish que a la de una mujer del siglo XXI.

Y solo queda una opción: salir a la calle, no importa de qué color, y pedir la independencia. Independencia de un mundo podrido por la cal, por la corrupción de los materiales de los que no recordamos si fueron nobles algún día, de la feina que resultó mal feta sin futuro tal y como nos contaron que iba a ser. Vivimos en un presente, que fue futuro hace unos años, de palabras huecas como burbujas. Sí, me independizo de los Pujol, de los Bárcenas, los Borbones y su patente de corso, de los bigotes de la Gürtel, de políticos fatuos, una plaga, de pseudo-periodistas que distorsionan la información para agradar a los poderosos que acorralan a sus corporaciones mediáticas. De todos ellos me independizo y miro dentro y veo cómo el agua libre devora los pastos que un día fueron suyos y lo arrasa todo. Feliz lunes.

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Good night, Vietnam

Robin Williams se suicidó anoche. Solo, deprimido. Oh, capitán!, esa era la última opción de entre todas. Nunca debiste hacer algo así, ni esconderte tras la máscara que te devolvía las sonrisas y carcajadas de otros, no las tuyas. No debiste hacerlo, te lo digo desde el más absoluto de los egoísmos, Ahora Dios, el gran Egoísta, o quien quiera que sea el gracioso que controla este tinglado, debe estar sonriendo en sesión privada. Aquí hoy, el mundo es algo menos maravilloso que de costumbre.

Good night, Robin. DEP

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