Quiero votar

Que el Tribunal Constitucional suspenda por unanimidad la consulta catalana era una noticia anunciada hace días, desde antes incluso de que el Parlament de Catalunya aprobara la Ley de Consultas. Los miembros del TC, a imagen y semejanza del Gobierno que les nombra, saben muy bien quién les paga y a quién deben el cada vez más dudoso honor de formarlo. Solo faltaba que los titulares confirmaran el pronóstico. Cuando votar se convierte en una heroicidad propia de bandoleros que asaltan las instituciones y la casta que transita por caminos polvorientos con bolsas de oro, cuando votar es tildado de desobediencia civil, es que algo anda mal. Oscilo estos días como un péndulo entre extremos sin posarme demasiado tiempo, entre las ansias de independencia de una casta-caspa prepotente, incompetente y proclive a la corruptela y a la picaresca de altos vuelos y la convicción de que los ismos, las banderas, la división solo tienen recorrido desde la intolerancia y el individualismo. Y eso no es Finlandia ¿verdad?: era el modelo a seguir, la sociedad ejemplar con su ejemplar y tan europeo comportamiento ante la crisis y los recortes. Su modelo es universal, pero hace falta valentía para ponerse manos a la obra. Lo fácil es recortar y olvidarse de los desdentados. Y es que yo odio las banderas, los emblemas, los pendones en general: me siento terrícola, ciudadana del mundo, pongamos que hablo de un mundo bastante parecido a Europa por afinidad y cercanía y tan despreciables encuentro a los manipuladores de allí como a la de aquí. El idioma no es eximente.

Me molesta la manipulación burda de Madrid y su Corte: el “aquí mando yo y por eso elevo una valla con concertinas” para que nadie entre ni se salga de la Constitución, ese tótem, con esa ignorancia vital propia de quien solo viaja en coches oficiales y aviones de Estado dando zancadas hasta la alfombra de bienvenida como si temiesen que el asfalto les queme las suelas de unos zapatos caros.

Me molesta aún más si cabe la manipulación de los políticos que, sin convicción, arrastrados por el qué dirán las urnas, lanzan un órdago para, al fin y al cabo, poder continuar con su plan de recortes salvajes contra los más vulnerables. Sin plan del día después, a sabiendas de que una Catalunya independiente saldrá automáticamente de la UE y, por supuesto, del euro, con una credibilidad financiera a centímetros del bono basura. Solo los usureros se aventurarían a prestar dinero a un nuevo Estado, eso sí, a un interés insultante que tardaremos décadas en devolver. Pero eso lo callan, no sea que resulte que los ciudadanos se acuerden del sentido común, de pensar, que valoren pros y contras más allá del “Madrid nos roba”. No sea que se distraigan en algo más que no sea llegar a fin de mes y que caigan en la cuenta de que, más cercano y más doloroso, resulta que el que nos robaba era Pujol.

Dicho todo esto, quiero votar. Quiero, necesito, que se escuche mi voz más allá de los vidrios tintados de los coches oficiales, de las ventanas cerradas de ministerios, órganos, organismos e instituciones engordadas por los gobiernos de turno, que esa clase política de gente adinerada sienta el aliento en el cogote. Quiero votar porque me lo merezco, nos lo merecemos todos. Y porque en democracia, si no hay necrosis, lo normal es votar, sin aspavientos, recursos de anticonstitucionalidad ni acusaciones de rebeldía o amenazas de cárcel. Con cabeza, manos, piernas, ojos, pero de todo corazón.

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Y que la riada lo arrase todo

Hace hoy una semana en que lo normal se ha convertido en una circunstancia anecdótica, algo fuera de lo común. No sé si la reconocería si volviera a verla. Vivir en el sobresalto continuo te hace sentir viva, pero requiere unas buenas dosis de paciencia y fortaleza de carácter para los que no me he sentido preparada. Pero, ¿qué es lo normal?

En esta sociedad opulenta pese a todo y a todos (esto es el llamado primer mundo y Latinoamérica aún se ríe a carcajadas de nuestra crisis), lo normal es que las cosas funcionen sin que reparemos en ellas: que los grifos no goteen mojando al vecino de abajo, las paredes filtrando toda la humedad y separando la pintura de las paredes, que las cisternas no se quiebren, que los plazos de entrega se cumplan (esa logística…), votar en democracia… Eso vendría a ser lo normal.

El Roto microfonoCuando nada de esto sucede y las anomalías se suceden y solapan unas con otras, crece el desencanto, la desesperanza, la podredumbre, la rabia al fin. Lo normal también debería ser volver al trabajo tras las vacaciones, tener una depresión post-vacacional gloriosa hasta casi Navidad. Hoy, ir al trabajo tampoco va a ser fácil: llega un electrodoméstico básico con una semana de retraso y mi vida se parece estos días más a la de una amish que a la de una mujer del siglo XXI.

Y solo queda una opción: salir a la calle, no importa de qué color, y pedir la independencia. Independencia de un mundo podrido por la cal, por la corrupción de los materiales de los que no recordamos si fueron nobles algún día, de la feina que resultó mal feta sin futuro tal y como nos contaron que iba a ser. Vivimos en un presente, que fue futuro hace unos años, de palabras huecas como burbujas. Sí, me independizo de los Pujol, de los Bárcenas, los Borbones y su patente de corso, de los bigotes de la Gürtel, de políticos fatuos, una plaga, de pseudo-periodistas que distorsionan la información para agradar a los poderosos que acorralan a sus corporaciones mediáticas. De todos ellos me independizo y miro dentro y veo cómo el agua libre devora los pastos que un día fueron suyos y lo arrasa todo. Feliz lunes.

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Good night, Vietnam

Robin Williams se suicidó anoche. Solo, deprimido. Oh, capitán!, esa era la última opción de entre todas. Nunca debiste hacer algo así, ni esconderte tras la máscara que te devolvía las sonrisas y carcajadas de otros, no las tuyas. No debiste hacerlo, te lo digo desde el más absoluto de los egoísmos, Ahora Dios, el gran Egoísta, o quien quiera que sea el gracioso que controla este tinglado, debe estar sonriendo en sesión privada. Aquí hoy, el mundo es algo menos maravilloso que de costumbre.

Good night, Robin. DEP

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Una canción para Palestina

Porque a veces no son suficientes las palabras, porque a veces, muchas, también es necesaria la música, que aplaca (dicen) a las bestias. Porque la música nos salvará. La masacre de Palestina perpetrada por Israel ya tiene la suya para acallar, aunque solo sea por unos minutos, las bombas de la ignominia y la vergüenza que estallan en mercados, refugios y escuelas. Sí, vergüenza inmensa. #GazaUnderAttack.

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Verano azul

TVE ha vuelto a reponer Verano Azul. Los programadores han considerado que este podría ser un buen momento, acuciados por los recortes presupuestarios en calidad y por los recortes particulares de cada uno en imaginación. Podemos verla desde el 30 de junio, y en versión remasterizada para los más sibaritas. La serie no se veía desde 1995, aunque en la memoria colectiva vuelva una y otra vez cada verano y todo se suceda como un continuum en el que, al contrario de lo que postulaba el Príncipe en El Gatopardo, nada tenga que cambiar para que parezca que todo está bien, que sigue igual.

aborto+El RotoComo cada año, Chanquete morirá, esta vez en medio de un paquete de medidas legislativas que nada tienen que ver con él; tampoco con nosotros. La exaltación y elogio de la bicicleta como juego y medio de transporte, de la libertad como opción de vida y la inocencia de aquellos años quedan ya lejos, y ni remasterizados nos la podrán colar. Se perderán de nuevo con el viejo marino varado en tierra y sus amigos antes de que acabe el verano. Lo ha dicho Alberto Ruiz-Gallardón, porque el ministro de justicia, que apenas nada parece saber de ella, prepara su verano más azul, con su ley del aborto particular y aprovecha la coyuntura, la modorra bochornosa del verano para fraguar una ley también bochornosa y dar uno de los últimos hachazos a la desmigajada libertad privada que agoniza en la arena de la playa. Y apenas le queda ya tiempo al ministro. Deberá darse prisa si quiere que sus desmemoriados votantes no se acuerden del atropello en 2015, año mariano de elecciones autonómicas y municipales.

Y al igual que los protagonistas de la serie coreaban No nos moverán allá en 1982, cuando una constructora extorsionaba, ayer como hoy, a Chanquete para que abandonara su barca, su huerto, su vida, también hoy en 2014, como en 1936, tendremos que salir a gritar de nuevo No pasarán. Cuando parecía todo superado. Ayer como hoy.

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