El grito

Han pasado ya tres días y continúan los ecos de la monumental pitada en la final de la Copa del Rey. Que fuera en Barcelona y entre el Barça y el Athleti solo echa más leña a la hoguera incendiaria alentada por la caverna. Y sí, es cierto, hay cosas mucho más importantes, más graves, pero la historia se escribe en los detalles. El estruendo se ha convertido en más que una demostración de la libertad de expresión. El grito colectivo del hartazgo contra un himno como símbolo del maquillaje estético de aquel Todo cambia para que todo siga igual. En el palco el rey, como siempre; a su lado, como siempre, el presidente de una Generalitat que perpetúa y perdona a media sonrisa los desmanes de sus predecesores y así perdona también los suyos.

Lo que molesta al poder y a sus huestes que les votan ciegas y sordas, es que ese hartazgo no quedó extramuros. La pitada traspasó los cristales tintados de los coches oficiales, se coló por las rendijas del aire acondiciForgesonado y por los muros de sus despachos enmoquetados para amortiguar el ruido de la calle. El grito entró en sus casas, salía del televisor amigo, ese miembro más de la familia que ahora era traidor, de la radio y sonaba genial en los auriculares bluetooth. Y eso era realmente inadmisible. Los gritos de los desahuciados, el sollozo mudo del parado, las lágrimas de los que se van, de los que se quedan, no habían conseguido llegar tan lejos, aunque con ellos se llenarían cientos de estadios si el fútbol fuera gratis. El grito del enfermo con sus cuidados paliativos recortados; otros más duros, por inocentes, de los niños en el umbral de la pobreza que atestan las escuelas, esos sí deben considerarlos libertad de expresión, aunque tampoco les gusten. Pero si son silbidos en un estadio, todos a una para no oír la música ramplona que recuerda que el pasado sigue ahí, entonces no, eso ya es un ultraje a la democracia occidental tal como hoy la conocemos.

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¿Qué tal si deliramos un ratito?

Gracias, Eduardo. Elogio de la utopía, tan natural, tan cotidiana y tan lejos de los “seres humanos normales” que no gustan de estridencias ni mamandurrias. Gracias, siempre.

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Contando estrellas

Qué difícil empezar con las primeras palabras después de un largo silencio. Porque aunque ha habido muchas antes, éstas son como las primeras, y qué sensación de vértigo mezclada con adrenalina al oír el teclado de nuevo (paradójicamente, me avisa de que las baterías están bajas, pero no me arredro). Es como un estreno de una obra inacabada en la que el actor deberá improvisar a partir del primer acto en un ejercicio de autocorrección constante para intentar poner orden. Se trata de organizar una fila india entre una masa de ideas tumultuosa y hambrienta de palabras que se agolpa famélica alrededor del escaso alimento que llega como ayuda humanitaria: inspiración, ego, vuelo de Fénix resucitado escaldado de sus cenizas, vuelta a casa tras una dura jornada de ensimismamiento. Dudo que la Semana Santa y su leyenda hayan tenido algo que ver con esta resurrección. Contando estrellas me dio el empujón definitivo.

En esto los Gobiernos que renacen el día después de sus campañas electorales lo tienen mejor. Lo primero siempre es dar las gracias (el PP vuelve aquí a sus orígenes cerrando el círculo ante una previsible debacle en mayo). Más tarde, pedir tranquilidad, empezar mintiendo para que nadie note la diferencia con lo que vendrá y asegurar que se va a gobernar para todos (algunos añaden también para todas) y, a partir de ahí, el caos, el olvido, la nada. Rajoy, en lugar de devorar a sus hijos como hace con todos y todas los que le son ajenos (es decir, todos y todas), prefiere dejar que se devoren entre ellos. Su problema de base, como el de sus elegidos, no es otro que el paladar. A Rajoy no le gusta España, nunca le gustó. Por eso la está dejando patas arriba. Fue lo malo por conocer, el elegido para gobernarla y lo que ha hecho ha sido intentar cargarse lo que fue. No está todo perdido: aún quedan plazas importantes por asaltar. Primero fue la Sanidad (fuego en la línea de flotación), luego las pensiones (a por los cimientos) , más tarde la educación (ataque contra el futuro) y luego el resto, a quienes ha desvalijado con impuestos, violado sus derechos sociales, el alma.

Siento si alguien creía, incluida yo misma, que iba a arrancar la temporada con una temática sublime, trascendental. No ha sido así: he hablado de Rajoy, que no pasará a la historia sino como el registrador de la propiedad que le domina.

Es primavera. Y la lluvia arrastrará la contaminación y el polen. Es cuestión de tiempo. Ya queda poco hasta mayo. Feliz día.

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2015 viene con el manual de instrucciones en alemán

No he podido esperar a mañana y he empezado a desenvolver el regalo. Es tiempo. Lo he hecho rápido, no fuera a ser que se desvaneciera, tan frágil, efímero y a la vez tan valioso… Consta de 365 días, con sus 8.760 horas y sus 525.600 minutos. Si consigo engarzarlos habré formado un año, ese es el regalo. El montaje corre a cargo del comprador. Ikea nos ha hecho un daño irreparable a los patosos, impacientes y ensimismados, así como a los que compaginan estos calificativos en un caos de dimensiones gloriosas.

2015, que así se llama, se presenta muy difícil de construir de forma sostenible. Hay piezas que no funcionaban ya en la versión 2011. Incluso, para ahorrar costes, se ha incluido alguna reliquia de la v.1978. Un imposible solo apto para inteligentes y expertos de mano izquierda, apertura de miras y empatía. Ahí está el reto y el objetivo del juego.

reyes-magos-ForgesElecciones municipales, autonómicas y también generales (a más tardar el 20 de diciembre), una economía varada aunque el ministro del ramo, Luis de Guindos, confunda su situación profesional con la del resto y el presidente del Gobierno realice viajes astrales y aterrice como pueda. Sus palabras sonarían falsas si no fueran un insulto a los 5,4 millones de parados que, según la EPA, buscan empleo desde hace años, más de la mitad ya sin prestación ni esperanza; a los dependientes sin ayuda económica para vivir con dignidad; a los pensionistas; a los trabajadores precarios; a los estudiantes; a las amas de casa que ya no saben cómo estirar más el dinero y, en fin, a los que no tienen carné del PP ni conocen a nadie que lo tenga.

Lo peor es que el manual de instrucciones de este 2015 viene en alemán, lo que complica la faena. Angela Merkel marca el paso y las instrucciones de montaje, fija las normas de uso y exime al fabricante de cualquier responsabilidad de no seguir las estrictas normas que marca la troika. También recomienda los productos más adecuados para su mantenimiento, en este caso caras conocidas, nuestros hijos de puta, los que nos han traído al abismo en que nos encontramos. Esto excluye productos inflamables para el status quo como Syriza en Grecia o Podemos en España, ambos partidos recogiendo el pulso de la calle y con unas intenciones de voto muy altas en las encuestas. Entre las instrucciones, ininteligibles, y los recortes va a ser muy difícil articular un futuro medianamente reconocible como tal para el gran consumidor, ese que solía ser el cliente que siempre tenía la razón cuando esto era democracia.

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No me llames ilusa

No me considero ilusa, pero estos días ando atareada con un nuevo sentimiento que apenas recordaba: tengo una ilusión. Soy consciente de que puede parecer una locura de juventud, una ingenuidad, estar ilusionada en estos tiempos, con la que está cayendo, ahogados por el pesimismo como estamos, con el piloto automático puesto todo el día, sin querer pensar, no digamos soñar, en lo que antes llamábamos futuro y que ahora nadie se atreve a calificar. Pero estamos cansados de esta carrera de fondo en pendiente, con el poder y sus esbirros, tan bien pagados, soplando en contra, crispando las olas hasta el dolor. Ni siquiera ellos quieren pensar en el futuro, por si acaso, mientras achican el agua de las encuestas y las intenciones de voto. Tardé en enfrentarme a mi ilusión, no fuera un espejismo y, durante semanas, solo he leído, eso sí, con mucho interés, sus palabras interpretadas por otros. Asistía a los ataques de que era objeto, a las embestidas de las alimañas amenazadas.

Pero no le esperaba como se espera a un mesías. Un lejanísimo colegio de monjas amuebló mi cabeza con argumentos en pro del ateísmo. Después de demasiados años de frustración y decepción, de rabia y de impotencia ante la magnitud de la tragedia, sé que no hay ningún mesías. Solo existen para los corruptos, como los décimos premiados en Navidad o las exculpaciones judiciales. Ahora, que ya he visto, oído y padecido todo lo que no quiero, es más fácil discernir. Hemos perdido tanto en tan poco tiempo que da vértigo.

Pablo-IglesiasVuelvo a mi ilusión. Como decía, tenía miedo de que se desvaneciera si me acercaba. Pero finalmente le escuché. Se estrenó ante mis oídos y ojos en El Objetivo, de Ana Pastor. Me gustó, pese al ataque frontal y la superioridad sobreactuada de la periodista: no hacía falta, ya sabemos que eres buena profesional. Confirmé mis sospechas en La noche en 24 horas, de TVE, la de ellos, donde asistí a la copiosa cena que se dio Pablo Iglesias, líder de Podemos (sí, esta es mi ilusión) a costa del director del programa de primero, que se revolvió como un animal herido desde el minuto uno, y tertulianos de acompañamiento. Sí, definitivamente, por primera vez desde 2004, se puede decir sin lugar a dudas, que tengo una ilusión. Sí, se puede. Aunque haga mucho frío…

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