Desasosiego

El desasosiego es cuantificable. Lo cuantificaba esta madrugada, una vez más, el Fondo Monetario Internacional, una vez más sin florituras, sin dejar lugar a la interpretación ni cabos sueltos, ese arte en el que nuestros gobernantes están alcanzando categoría de expertos. Mientras se augura un futuro a la griega para España de seguir así, y de no seguir el caos, la olla o las brasas,  la Cruz Roja celebra el Día de la Banderita, otra más, ésta también simbólica pero para una realidad sin paliativos que mitiguen la realidad: más de 300.000 personas en España se encuentran en situación de “extrema vulnerabilidad”. Ni la virgen parece estar por la labor de echar un capote; ni la Iglesia, su delegación aquí en la Tierra, a la que Soraya Sáenz de Santamaría ha agradecido su papel para salir de la crisis, parecen darse por aludidas. Casi mejor: la religión es mala consejera cuando se trata de solidaridad, aunque muchos puedan encontrar consuelo en la consigna de que aquí hemos venido a sufrir para después gozar del cielo y sus bondades pastel y se tomen esto como una etapa previa a la felicidad extrema y eterna. Por ahora, el país, y con él los ciudadanos, ese 99% que no es familiar ni amigo del alma de ningún dirigente político, ya sea central, autonómico o local, ni tiene información privilegiada sobre transacciones financieras, viven en pleno infierno. El objetivo: seguir respirando, aunque cuanto más fuerte se intente, más penetre en los pulmones la contaminación que, al igual que las previsiones del FMI, proceden de factores externos. Nada que ver con una mala gestión del tráfico, ni con una política económica nefasta e incompetente. Todo se basa en esperar: Rajoy es especialista en dejar pasar el tiempo a la espera de que amaine la tormenta y, finalmente, se olviden de él. La espera ahora consiste en que pase el anticiclón y en que la lluvia arrastre las partículas contaminadas del aire para crear una costra en las aceras que nos alejan de la playa que está debajo, o en que llegue la virgen y le diga cuatro cosas a Christine Lagarde, directora general del FMI, ese organismo que sólo atiende a una: en endeudeísmo.

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